Si empiezan a enterarse de muertes accidentales, asesinatos pasionales o demás decesos inesperados dentro de la élite española, no crean que todo ha sido una casualidad. Seguramente no sean ni Florentino Pérez ni Alicia Koplowitz, pero sí alguien allegado. La G (como la llamábamos nosotros) vuelve a actuar y esta vez he decidido no callar. Fuimos muchos los que tuvimos que estar en silencio, pero ahora ya no le veo sentido.
Tener 80 años y haberte jubilado en el Centro Nacional de Inteligencia no es poca cosa. Uno ha visto, oído y participado de episodios que hacen que mires con paternalismo al resto de los mortales. Profesionalidad, lealtad y secreto eran una exigencia para nosotros. Déjenme que cumpla con la última de las tres cualidades, pero tengan garantizadas las dos primeras. Omitiré mi nombre (he falseado incluso mi edad exacta aunque, más o menos, considérenme un anciano). No sabía dónde mandar estar pequeñas relatorías que hace unos meses empecé. Este panfleto cultural se cruzó en mi camino en casa de mi nieto. Un amigo suyo, de estancia de investigación en Málaga, lo había traído, ya que al parecer escribió una crítica musical en el mismo. No busco fama, ni renta ni micros: sólo me gusta jugar a contar algún secreto de estado en una revista cultural de una asociación de estudiantes. Créanme que no cuento estos secretos por contarlos, antiguos peligros están volviendo y creo desde mi libertad personal, que es justo tener testimonio público de los mismos. Sería desleal a mi juramento y mi propia conciencia si el estado sigue tapando este embrollo.
Escribo esto como pequeño susurro aunque también advertencia de lo que puede venir. Hablo de un grupo armado que asesina a miembros de las familias más poderosas de España y luego los reivindica enviando soflamas a los medios. En su día evitamos cualquier publicación sobre esta triste locura que fue casi una conspiración. Aunque vaya chocheando, estos peligros son los que acechan a la sociedad. Ni el separatismo, ni los masones. Ni siquiera los socialistas. Estoy hablando de una red que mata(ba). Yo formé parte de guardar el secreto de sus crímenes, participé en las maniobras de desinformación convenciendo a los diarios de la época de que esos manifiestos y declaraciones que llegaban a esas redacciones eran falsos. Al igual que Unabomber, dejaron de enviar paquetes bomba durante años y luego volvieron a hacerlo. Todos los ministros del interior del 82 al 2008 siguieron con la premisa de que era mejor no hablar de La G, evitar que publicasen sus cartas después de cada “aniquilamiento selectivo”. En una reunión interna, el mismo Belloch llegó a decir que “ojalá hubiésemos hecho esto desde el principio con la ETA”. Yo creo que este análisis es harto estúpido.
Hay familias como los Entrecanales, los Del Pino, Villar Mir, los Marqueses de Urquijo (¿les suena?), que colaboraron con el estado de la mejor manera posible y guardaron discreción. Todas estas familias llevan la cicatriz de un asesinado por La G. En realidad nunca detuvimos a nadie ni tuvimos más sospechosos que un puñado de dementes incapaces de orquestar todo lo ocurrido. La G paró de asesinar y creímos que fue por el conseguido vacío informativo. Se cansaron.
“No negociamos, no exigimos, sólo actuamos”. En las amplias disquisiciones políticas que contienen sus manifiestos, explican que no son un grupo terrorista ultraizquierdista al uso estilo Los GRAPO, Baader-Meinhof o Brigadas Rojas. La G sabe que no van a ganar, que la sociedad anarquista, comunista o cuaternaria nunca llegará. Sólo quieren que “el terror llegue hasta la puerta de sus casas”. No quieren ni esperan que las masas se les unan. En su última nota enviada a los principales medios tras haber asesinado a la viuda de Juan March, el mayor banquero de la historia de España, afirmaban que “treinta familias controlan casi el 70% de la riqueza en España y hemos conseguido matar al menos a un miembro de cada una. Es una victoria parcial”. Para los medios y para la familia de segundo grado, Carmen Delgado Roses murió de vieja a los 96 años, aunque en realidad alguien la estranguló sin dejar huellas.
Mi labor era presentarme como agente de inteligencia semilegal antiterrorista especializado en ETA. Digo semilegal porque así nos llaman a los que nos podemos identificar como agentes del estado a dueños de periódicos, directores de oficinas bancarias, etc. Los semilegales no patrullamos ni nos infiltramos. Digamos que fichamos todos los días a las 9 de la mañana en la sede de carretera de la Coruña y pasamos mucho tiempo analizando informes y hablando con nuestros agentes de campo. En mis reuniones con periodistas y directivos del mundo de la comunicación me centraba en el problema de ETA. Daba y manejaba información dando una imagen de seriedad y control. Intentaba controlar los tiempos de publicación que muchas veces no me respetaban. En realidad yo estaba allí para comentarles que La G era un grupo de tarados que se enteraban de cuando moría alguien de la plutocracia y así reivindicar su ejecución.
Esto hubiese quedado en una mala historia tapada por los servicios secretos de un país, pero no. Lo que ocurrió entre el 82 y el 2008 fue casi una broma para lo que tenemos indicios de lo que están preparando. Mis ex compañeros me confirman que entre sus objetivos del grupo de familias poderosas se unirán políticos de todas clases e ideologías. La innovación principal es que quieren matar de siete en siete. En diferentes puntos de la geografía española y de diferentes formas. Ya lo han intentado, aunque ni sus teóricas víctimas lo saben. Abortaron su plan en el último minuto porque a José Sarrión, líder de Unidos Podemos de Castilla y León, era imposible matarle ese mismo día ya que iba a estar dando una conferencia en Bruselas. La G sólo quiere matar ahora de siete en siete y si uno falla, abortan el plan.
Todos estos detalles fueron grabados en una conversación entre dos miembros de La G. Al ir a detenerlos, desaparecieron sin dejar rastro ni posibilidad de relacionarlos con nadie. Parecía como si fuesen espías profesionales que adoptaron una vida e identidad ficticia por unos años para esta misión. Sus compañeros de trabajo, parejas y amigos sólo les conocían de hacía un par de años. En esa conversación afirmaban que estaban de pruebas, puliendo errores y pilotando todo el proceso para no fallar cuando se lanzara su gran campaña. Siete políticos y oligarcas al día durante treinta jornadas seguidas. Doscientos diez caídos en un mes. Después descansar y prepararse para la siguiente. Así, según comentaron, quieren incluir entre sus objetivos a cuadros de CCOO y UGT al igual que políticos de Unidos Podemos y la CUP para dejar claro que no son ni izquierdistas ni activistas. No se sabe todavía cuántos son, cada estimación hecha por el CNI se queda corta.
Cuando se den cuenta que estoy revelando estos secretos, alguien vendrá para eliminarme, pero será tarde. Publicar estas cartas en revistas de periferia me dará el tiempo que necesito. Todavía tengo que indagar más. Si no te crees esto, a mi me da igual, soy católico y al menos tendré la conciencia tranquila en alguno de los siete cielos. De todas maneras, no te creas esta historia, no hace falta, sólo hazte un favor mantente alerta. No dejemos que el terror nos rompa.
Texto de RAMÓN ARNEDO (Ex-agente SECED-CNI).